IGLESIA EVANGELICA "LA ROCA" VALLADOLID
Federación Asambleas de Dios de España - Yoido Full Gospel Church - Corea del Sur - Rev. Paul Yonggi Cho

Julianillo, mártir de la Inquisición

Los colportores, la estirpe de Julianillo (I)

No sé si exista alguna historia de los colportores bíblicos, esos personajes que distribuyen biblias, nuevos testamentos o alguna porción de Las Escrituras. Porque si la vida y obra de traductores de la Palabra a distintas lenguas existentes en el mundo es desconocida por muchos, todavía más lo es la de quienes imbuidos de un gran sentido de misión se lanzan a distribuir el mensaje del Evangelio en su forma impresa. Si existe esa historia, y alguno de los lectores la conoce, le solicito que me envíe información al respecto.

Con justificada razón escribe Patrick Collinson que “La Reforma fue una inundación de palabras” en forma impresa. La imprenta de tipos móviles fue un aliado de quienes, a partir del 31 de octubre de 1517 (cuando Lutero fijas sus 95 Tesis contra las indulgencias), fueron acrecentando su oposición a Roma. Con ese parte aguas hubo un incremento en la producción de materiales impresos de todo tipo, que iban de hojas volantes a panfletos, y de sermones a tratados, y más tarde circularon traducciones de la Biblia a partir de las lenguas originales a las de los distintos pueblos. La cadena de autores, traductores y editores necesitaba un eslabón vital para verse completada: distribuidores que hiciesen llegar el material impreso a sus posibles lectores.

Un diseminador de literatura protestante en el siglo XVI fue Julián Hernández, también llamado Julianillo por su débil aspecto físico (Samuel Vila, en su Historia de la Inquisición y la Reforma en España, dice que era jorobado y de baja estatura). Originario de Tierra de Campos, en Castilla, (Valverde de Campos) emigró muy joven a los Países Bajos y más tarde a Alemania. Entre los germanos se inició como aprendiz de impresor, oficio que le permitió leer lo que se preparaba en las imprentas. Posiblemente hayan pasado por sus manos de cajista, para su composición en tipos, escritos de reformadores españoles como Juan de Valdés, Francisco de Enzinas y Juan Pérez de Pineda. Lo cierto es que ya converso al cristianismo evangélico, Julián Hernández, retornó a España y se asienta en Sevilla, donde es uno de los integrantes del círculo protestante en esa ciudad.

Sabedor de que fuera de España circulaban libros prohibidos en su nación, Julián decide ir en búsqueda de literatura que ayude a educar a sus correligionarios en la fe evangélica. Se dirige a Alemania, donde se entera de que es mejor para su causa llegar a Suiza, a Ginebra, donde podría obtener los volúmenes anhelados. En Ginebra conoce a Juan Pérez de Pineda, quien contrata sus servicios dado su conocimiento en el trabajo de manuscritos para verterlos a tipos de imprenta. Recordemos que Pérez de Pineda trabajaba en su traducción del Nuevo Testamento, del griego al castellano, la que es publicada en 1556, con un pie de imprenta falso: dice impresa en Venecia, por Juan Philadelpho, cuando en realidad se manufacturó en Ginebra, en la imprenta de Jean Crespin (Enrique Fernández y Fernández, Las Biblias castellanas del exilio). En su labor Juan Pérez se valió de la traducción de Francisco de Enzinas, cuyo Nuevo Testamento fue publicado en Amberes en 1543.

Fue precisamente la traducción de Juan Pérez de Pineda la que Julianillo se propuso introducir a España. Lo hizo de contrabando y tras correr grandes riesgos en los caminos y en los puestos de control que en España vigilaban que no entrara literatura herética. Julián Hernández entregó su valiosa carga en Sevilla, a los monjes de San Isidro del Campo y en casa de Juan Ponce de León. Los dos eran lugares donde se reunían, clandestinamente, quienes creían en los postulados de la Reforma.

En octubre de 1557 Julián Hernández cae en las garras de la Inquisición, le torturan bárbaramente pero él guarda heroico silencio y no delata a sus hermanos en la fe. De su valerosa actitud M´Crie escribió: “Recurrieron a todas las artes engañosas en que eran maestros, a fin de arrancarle a Hernández su secreto. En vano emplearon promesas y amenazas, interrogatorios y careos, a veces en la sala de audiencias y a veces en su celda… Cuando lo interrogaban sobre su fe, respondía francamente; y aunque desprovisto de las ventajas de una educación liberal, se defendía con valentía silenciando a sus jueces y a los eruditos que ellos traían para refutarle, por su conocimiento de las Escrituras solamente. Pero cuando se le preguntaba quiénes eran sus maestros y compañeros religiosos, se negaba a proferir palabra. Tampoco tuvieron más éxito cuando apelaron a esa horrible maquinaria que a menudo había arrancado secretos a los corazones más fuertes, haciéndoles traicionar a sus amigos más amados. Hernández demostró una firmeza muy superior a su fuerza física y a sus años: Durante los tres años completos que permaneció en la prisión, fue sometido frecuentemente al tormento… pero en cada nueva oportunidad aparecía ante ellos con una insubyugable fortaleza” (Historia de la Reforma en España).

En el Auto de Fe del 22 de diciembre de 1560 fueron quemadas 14 personas vivas, uno de ellos era Julián Hernández. Los catorce se mantuvieron firmes en su fe, no quisieron retractarse. Ocho eran mujeres, cinco de éstas pertenecían a una misma familia; María Gómez, tres hijas suyas, y su hermana. Tres fueron incinerados en efigie: Juan Gil (el doctor “Egidio”), el doctor Constantino Ponce de la Fuente y Juan Pérez de Pineda. Así en un mismo día el autor de la traducción del Nuevo Testamento (Pérez de Pineda) y su distribuidor en España (Julián Hernández) fueron llevados a la hoguera por la Inquisición.

Sus verdugos creyeron que así terminaban con la causa de Julianillo, Juan Pérez de Pineda y tantos otros que sufrieron persecución en la España de la Contrarreforma. No fue así.


C. Martínez Gcía. es sociólogo, escritor, e investigador del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano. © C. M. García, ProtestanteDigital.com (España, 2007).


Los 12 Apóstoles de Medina de Rioseco

Uno de los intentos de formar un cuerpo reformado, un grupo de espiritualidad independiente de las fuerzas eclesiales es llamado de los doce Apóstoles de Medina de Rioseco que se aglutinaba alrededor del almirante de Castilla don Fadrique Enríquez. Fadrique había sido Gobernador del Reino en ausencia del Carlos V y junto al que sería Papa Adriano de Utrecht y el Condestable de Castilla Íñigo Fernández de Velasco, defendieron el Reino de las Guerras de los Comuneros. <><>
En 1525 don Fadrique que estaba ya casi retirado en su palacio de Medina de Rioseco, llamará a Juan López de Celaín y ambos idean un programa para evangelizar el señorío de los Enríquez. Para Bataillon sería López de Celaín el inspirador de este proyecto evangelístico. Pensaron contratar doce sacerdotes que tuviesen reconocidas ansias reformistas. Su plan era solicitar una bula Papal que les autorizase a extender el verdadero Evangelio a todo el mundo.

A la cabeza de este grupo estaría Bernardino Tovar, profesor de Griego en la Universidad de Alcalá, y Juan López de Celaín quien después sería quemado por la Inquisición de Granada por iluminado. Estaría también en este grupo apostólico Miguel Eguia, el impresor de la Universidad de Alcalá, que se había hecho famoso por publicar el Enchiridion de Erasmo en castellano además de otros escritos del mismo. Juan del Castillo sería otro apostólico que sería quemando por la Inquisición de Toledo en 1535 como iluminista y luterano. Sin embargo el movimiento no lograría despegar con tanto encausado por el medio y Fadrique cansado y desencantado vería como el movimiento iluminista y erasmista llegaría a su final. Para Ángela Selke, este movimiento "representa en la historia del iluminismo español la única tentativa de llevar a la práctica esas nuevas ideas de que tanto hablaban alumbrados y erasmistas de Castilla”.

Las primeras gestiones del vizcaíno Celaín para la formación de los “doce apóstoles” comenzarían en la primavera de 1525 y según declaraciones de Castillo a la Inquisición, Celaín poseía una carta de presentación del Almirante en la que este garantiza “a todos los clérigos y personas que quisiesen ir a entender en aquello, que él los recibirá y les daría todo lo que hubiesen menester".

Celaín se dirigirá a los círculos intelectuales de Alcalá y Toledo y reclutará además de los ya mencionados al clérigo Luis de Beteta, el presbítero Diego López Husillos, el clérigo Gaspar de Villafaña que fue amigo de erasmistas y luteranos y después de ser procesado en 1529 lograría escapar. También reclutaría al maestro Gutierre de Ortiz del Colegio de Toledo, a Miguel Ortiz, cura de la capilla de San Pedro, Pedro Hernández, canónigo de Palencia y al dominico fray Tomás de Guzmán.

Los “doce apóstoles” nunca lograron reunirse juntos y el proyecto sería abortado por el mismo Fadrique Enríquez que según la criada de Francisca Hernández se desentendió de los planes pues “fue muy público y notorio que el señor almirante los tenía allí pensando que eran buenas personas y que después, desque vio que era cosa del diablo, los echó de allí”.

En este grupo ya aparecerá el nombre de “Leutero”, Lutero, y que según Selke, el Almirante, con más experiencia de las cosas políticas o quizás prevenido por la beata Francisca, se desvincularía rápidamente de este grupo de acendrada espiritualidad.

En el proceso de Luis de Beteta se dirá “que Leutero era un gran siervo de dios y sus escrituras eran muy santas y captólicas y buenas y [ ... ] que ellos querían ir y hazer aquellos apóstoles que dezían para irse alla con el dicho Leutero ... " También Juan del Castillo fue relajado al brazo secular, por "hereje luterano", el 18 de marzo de 1537. Celaín mereció el mismo fin, en 1530, por "herrores de lutherano".

Será la beata Francisca Hernández, apresada ya en 1520, la que termine denunciando a todos los erasmistas como iluminados y luteranos. Dice Longhurst en el ya citado libro “El fantasma de Lutero en España” que el grupo iluminista de Francisca era del género erótico y que junto con Diego Hernández, otro “peripatético libidinoso” que por donde quiera que iba levantaba algún alboroto, pero que dio a la Inquisición en mayo de 1532 veinticinco nombres acusándoles de erasmistas e iluminados, pero cuando le refrescaron la memoria los inquisidores añadiría otros setenta como luteranos y donde están los principales humanistas del tribunal imperial y de la Universidad de Alcalá.

Manuel de León es escritor e historiador



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